Si funciona es por la gestión; si no, error de comunicación

La comunicación encierra casi siempre una especie de maldición: o se la ignora y desdeña o se le atribuyen cualidades casi mágicas, difícilmente se opta por la mesura.
En el ámbito político, estas diferencias son casi siempre aun más importantes.
El penúltimo ejemplo lo teníamos el pasado fin de semana con motivó del comité federal del PSOE. 
Cabía pensar que -puesto que José Luis Rodríguez Zapatero tiene menos vida (política, por supuesto) que los zombis de The walking dead y que su herencia ha supuesto un descomunal descalabro electoral- surgiría cierto debate y crítica interna por lo mal que se ha gestionado la crisis.
Pues no. Autocrítica, poca; ha habido «errores en la gestión» -se dijo- para, a continuación, vincularlos -cómo no- a la comunicación.
Tras los recortes de mayo de 2010, no se acertó -se puede leer en el artículo- «a integrar su explicación en un discurso global y coherente».
Si no lo leo, no lo creo. 
Para articular un discurso coherente basado en la incoherencia (de traicionar determinados ideales, programa electoral, confianza del electorado…) no son necesarios profesionales de la comunicación sino magos; y de los buenos.
La comunicación ha de estar, siempre, al servicio de la gestión. Se trata de una herramienta valiosísima si está alineada con los valores y la estrategia de la organización.

Y ha de ser siempre un medio para transmitir una información «ordenada, coherente, veraz y oportuna».
Moraleja

«Sé abierto, sé transparente, sé auténtico» y una buena estrategia de comunicación se encargará de trasladarlo y de que el público lo aprecie.

Porque como afirma Eduardo Punset, alejado de todo apasionamiento político, cuando los políticos hablan de que no han sabido explicar determinadas medidas se deberían plantear que «lo que no han intentado es conocer seriamente lo que la gente piensa de verdad».

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