¿Nos aproximamos al final de la ingenuidad, de la inocencia, con las que nos hemos relacionado con las redes sociales?

La revolución que supuso la llegada de la web social, el entorno de colaboración y de intercambio que favorecía, parece diluirse con la integración en el cóctel de otros elementos.

Los filtros burbuja, nuestro sesgo de confirmación, el crédito casi ilimitado que ofrecemos a las búsquedas de Google, el nuevo profeta que nos anuncia la verdad absoluta, provocan consecuencias de las que en muchas ocasiones ni siquiera somos conscientes.

Vivimos aislados en nuestra complacencia, con informaciones que reafirman nuestras creencias y nuestra visión (por definición parcial) del mundo.

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Autores como Jaron Lanier ya nos previenen contra los perversos efectos de determinadas redes sociales: vigilancia generalizada, sutil manipulación, infelicidad al compararnos continuamente y suspirar por la atención ajena… Y hasta la transformación de personas aparentemente normales en perfectos idiotas.

Efectos perversos de determinadas redes sociales: vigilancia generalizada, manipulación, infelicidad al compararnos continuamente... Y hasta la transformación de personas aparentemente normales en perfectos idiotas Clic para tuitear

Y en el peor de los casos, el entorno que otros han creado y el resto fomentamos con determinados usos permite la adulteración de elecciones, la difusión de mensajes de odio, hunden economías y destrozan nuestros circuitos neuronales.

La solución, desde luego, no parece sencilla. Pero debería pasar, en mi opinión, por un profundo replanteamiento del modo en el que nos relacionamos con internet, y en particular con las redes sociales.

La formación en este entorno no debería ser opcional, y menos para los más pequeños. De cómo se relacionen con internet dependerá en buena medida su maduración personal y profesional. Solemos ser muy exigentes con otros tipos de enseñanzas y quizá estemos descuidando las básicas.

En el fondo radica nuestra creciente tendencia a simplificar una realidad «difusa, compleja, gradual y [que] se resiste a la simplificación: [que] exige pensar», tal y como afirma el filósofo Simon Critchley.

¿Somos conscientes de ello?

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