Uno ha de ser el primer crítico y terrorista respecto a los propios conceptos, razonamientos e intuiciones, Rafael Martínez

En plena campaña electoral en España, conviene detenerse en uno de los ejemplos clásicos de asimetría, los políticos: personas que no se juegan nada y cuyas decisiones tienen un alto impacto en las vidas, siempre, ajenas.

En muchos casos, sus acciones u omisiones tienen enormes repercusiones que ni siquiera ven, protegidos de sus efectos a kilómetros de distancia.

Y así es muy fácil decidir, independientemente de las intenciones y del éxito final. No suele haber consecuencias, salvo casos flagrantes de ineptitud o delito.

Por ello, convendría valorar si es preciso un compromiso que vinculara la palabra, no digamos ya los hechos, con las consecuencias de las acciones que se realicen. Que se pague con la propia carrera, y la cartera, por los males que -por error o mala fe- se cometan.

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La reflexión que nos propone Nassim N. Taleb sobre la falta de simetría entre los daños causados por los terroristas y la falta de consecuencias que sus acciones conllevan bien pudiera ser un punto de partida:

Tomemos la frase: “Tú has matado a mi familia amparado en tu presunta inmunidad; así que yo voy a hacer que los tuyos paguen algún precio indirecto por ello”.

La responsabilidad indirecta no forma parte de la metodología habitual del crimen y el castigo que aplica una sociedad civilizada, pero enfrentarse a los terroristas tampoco es algo habitual.

El terrorismo yihadista nos perturba porque nos hallamos completamente indefensos ante un individuo que pretende matar a muchos inocentes sin que en él recaiga una verdadera desventaja, es decir, sin jugarse realmente la piel.

El castigo explícito de la comunidad se puede aplicar a aquellas situaciones en las que han fallado otros métodos de implantar justicia, siempre y cuando estos no se hayan basado en una reacción emocional sino en un método de justicia bien definido y anterior al acontecimiento, para que no se volviera a repetir.

Solo se puede controlar a los terroristas suicidas si se los convence de que hacerse estallar no es el peor escenario posible, ni el último escenario en absoluto.

El castigo tendría que calibrarse meticulosamente para que sea disuasorio de verdad, sin que procure ningún halo de heroísmo o de sufrimiento a las familias afectadas.

¿Qué te parece? ¿Quizá merezca la pena, al menos, plantearlo?


Fuente de la fotografía: Pexels

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