No nos gustan los expertos.
Queremos certezas. Y -lógicamente- en un entorno como el actual, en cuanto aparecen las dificultades menguan las certezas.
Vivimos «en un mundo donde la única certeza es la certeza de la incertidumbre», Zigmunt Bauman
Por eso no queremos razones, queremos seguridad, certidumbre al 100 %, o blanco o negro.
Y, sin embargo, en los matices suele residir la clave.
Con frecuencia, la diferencia entre ser muy inteligente y ser muy tonto es muy pequeña, Amos Tversky
A la pereza natural de nuestro cerebro, se une una sociedad que prima la velocidad, la novedad, la emoción. Cualquier cosa que deseamos la queremos ya.
De ahí proviene, en parte, el éxito de fenómenos como la polarización o la desinformación. Ser crítico, ponderar las informaciones que recibimos, construir un catálogo de fuentes fiables sobre diferentes temas… es muy cansado.
Identificarnos rápidamente con cualquier opción ideológica, tomar partido de forma instantánea en un problema de cierta profundidad, desechar las dudas y abrazar la seguridad del rebaño es mucho más sencillo, y liberador.
Pero hemos de ser conscientes que muchas cosas requieren inevitablemente su tiempo.
Podemos acortarlo pero hemos de asumir las consecuencias de hacerlo. Tomar constantemente atajos tiene un grave peligro.
Si ante cualquier problema, disyuntiva, polémica (independientemente de su profundidad) ya tienes una opinión formada, malo.
Piensa en el maravilloso mundo de los políticos o los contertulios. No importa el tema del que se trate, no solo lo conocen sino que tienen ya una opinión. Y no solo se contentan con su necedad sino que hacen apología .
Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas, Bertrand Rusell
Pero, no lo olvides, ellos no son expertos, solo son expertos en parecerlo.
Fuente de la imagen: Pixabay
Fuente de la ilustración: El Roto