¿Por qué hay tantos políticos y tan pocos líderes?

Descubría esta semana una entrevista con Steve Jarding, profesor de la Harvard Kennedy School of Government y asesor político vinculado al Partido Demócrata de EEUU, en la que planteaba de un modo brillante, a mi juicio, dos elementos de creciente importancia: la diferencia entre un líder y un político y la necesidad de que la ciudadanía se interese por la política para facilitar, exigir, los necesarios cambios en este ámbito.

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En el primer caso, Jarding lo expresa con absoluta claridad: La diferencia entre un líder y un político es su horizonte temporal, el primero piensa en la próxima generación y el segundo en las próximas elecciones.

Esto explica que haya tantos políticos y tan pocos líderes, aquellos a los que no les importa no resultar elegidos porque sienten y creen en un proyecto, en una labor que deben realizar.

Los ciudadanos deben, por otro lado, implicarse en las labores del gobierno, ese engagement del que hablan los anglosajones es necesario y debe ser promovido por los propios poderes públicos, justo lo contrario de lo que dicta la observación de la realidad en ámbitos políticos como el español, ya sea a nivel nacional, regional o local.

¿Cuál es el peligro de que no aparezcan líderes en el ámbito político y de que no haya una implicación ciudadana en los asuntos públicos? Que la visión que trasladaba Javier Marías el pasado domingo en El País, y que no comparto plenamente, sea la que quede de la política y de sus protagonistas:

«(…)En lo referente a los ayuntamientos y comunidades autónomas, el tradicional caciquismo español ha vuelto con toda su potencia, si es que alguna vez se fue, y aun ha salido reforzado.

Las tramas de intereses, las corruptelas, el clientelismo de cada población poseen ya tal vigor que resulta muy difícil desalojar del poder a quienes llevan años controlándolos, colocando a gente, haciendo y recibiendo favores.

En algunos lugares da la impresión de que un mero cambio de alcalde haría que se desmoronara todo el entramado económico y laboral de ese lugar. Y de que quienes aún no se han beneficiado de esa tupida red de transacciones sólo aspiran a entrar en ella con un poco de suerte -esto es, gracias a un amigo, un cuñado, una madre o un suegro bien relacionados con el cacique o la caciquesa-, no a que las prácticas corruptas cesen, a quién le conviene eso».

Porque como decía Goethe: «No hay más verdad que la que se percibe».

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