La responsabilidad social corporativa ha muerto

 

Las máscaras han comenzado a caer.

Gracias a la transparencia radical en la que nos hemos instalado y al creciente sentido crítico que nos permite sobrevivir en un entorno de sobreinformación y desinformación.

Los mensajes corporativos cada vez tienen menor relevancia, tienen una enorme inflación de credibilidad.

La palabra importa, por supuesto, pero solo si se acompasa con lo que haces.

Sé, haz -y solo entonces- comunica

Una reciente encuesta realizada por la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) revela que el 60 % de los españoles considera que la mayoría de las empresas utiliza la protección del medio ambiente “únicamente para vender más o lavar su imagen”.

Si quieres gozar de una buena reputación, preocúpate en ser lo que aparentas ser, Sócrates

Como afirma Larry Fink, CEO de Blackrock, la mayor gestora de fondos del mundo, en su célebre A sense of purpose, la sociedad exige que las empresas presten una función social, que respondan a los retos sociales que les demandan sus públicos.

Los nuevos tiempos, además, amenazan la fría lógica del dinero, esa que solo se preocupa de rendimientos y rentabilidades, independientemente del propósito que se tenga.

En la era de la inteligencia artificial, explica Kai-Fu Lee en su último libro, «perseguir las ganancias a ciegas sin pensar en el impacto social no solo será moralmente dudoso, sino que también será muy peligroso».

La responsabilidad social corporativa, entendida como eso que valoraban las empresas y sus directivos cuando tenían tiempo y dinero de sobra, como una especie de caridad que blanqueaba voluntades, ha muerto. Esta fórmula, utilizada durante años, ha comenzado a suscitar rechazo.

Porque como explicó magistralmente Warren Buffet: «Cuando baja la marea sabemos quiénes se bañan sin traje de baño».

Y la marea ya ha comenzado a bajar.


Fuente de la foto: Pixabay

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