Ética para máquinas, José Ignacio Latorre

LA INCAPACIDAD DE PREVER EL FUTURO CON LUCIDEZ ES UNA CONSTANTE EN LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD, José Ignacio Latorre
EL FUTURO NO ES LO QUE SOLÍA SER, Yogi Berra

Descubrí a José Ignacio Latorre en el ciclo Tech & Society de la Fundación Telefónica, con motivo de la presentación del libro y no pude resistirme a leerlo.

Sorprende tanto por su valor divulgativo para los no iniciados, como es mi caso, como por la sencillez y agudeza de sus juicios. Y para muestra, todo un costurero repleto de botones:

El progreso trae consigo elementos negativos (…), periodos convulsos (…), alteraciones brutales de las estructuras económicas que se traducen en desconcierto. El avance es demasiado rápido.

Y nuestro cerebro no está preparado para el cambio constante.

Pero esto no es nuevo, el tránsito a nuestra ya superada sociedad industrial no fue sencilla. Se perdieron oficios, se centralizó la producción de bienes, aparecieron potentes corporaciones que explotaron a sus empleados y estos se organizaron en sindicatos para defender sus derechos. El aire dejó de ser respirable en las ciudades que crecieron desproporcionadamente. Las horas de trabajo se multiplicaron para unos, se redujeron para otros. El dinero en circulación aumentó y las grandes crisis económicas no tardaron en llegar. Ningún dirigente político comprendió el cambio. [Mira, otro punto en común ].

En resumen, una transformación industrial hecha a espaldas de criterios éticos. Estamos a tiempo de no repetir este mismo error.

Los humanos creamos instrumentos que superan el objetivo para el que han sido construidos. Su uso escapa al control de la razón y de la ética.

De hecho, ahora, vivimos más, y más cómodamente, pero ¿somos más felices?

TODO PROBLEMA DEBE REDUCIRSE A PRINCIPIOS BÁSICOS TAN SIMPLES COMO FUERA POSIBLE, René Descartes

Una generación de sofisticados algoritmos penetrará en nuestra intimidad. De hecho ya lo está haciendo.

El futuro está destinado a deparar humanos aumentados tanto física como intelectualmente.

Hemos de aprender a convivir con máquinas cuyo funcionamiento no entendemos.

Estamos controlados, supervisados, aconsejados, informados, condicionados por ordenadores que hablan con otros ordenadores.

Una de las perversas consecuencias del progreso tecnológico sobre los humanos es que nuestros cuerpos se han debilitado (…) La obesidad y la debilidad muscular se hacen la norma.

¿Estamos también cediendo nuestro espacio intelectual a las máquinas? Sí, sin duda.

Es sencillo adivinar nuestro comportamiento futuro. Somos humanos, pero humanos predecibles.

¿Es ético crear programas que recopilan información sobre nuestro comportamiento? ¿Dónde está el límite de la privacidad? ¿Hasta qué nivel es lícito que un humano sea supervisado, analizado, escudriñado en sus detalles más íntimos por legiones de programas operados por intereses que desconocemos? La solución bien podría pasar por introducir la ética como variable de todos estos algoritmos.

La espontaneidad que atribuimos a los humanos es programable. De hecho, ya podemos empezar a simular el libre albedrío dentro de redes neuronales.

Estemos preparados a relacionarnos con inteligencias artificiales versátiles, sorprendentes, cambiantes. Podrán (aparentar) ser antojadizas, calmadas, amantísimas. Todo está programado. Todo.

De hecho en muchas facetas de nuestra vida cotidiana, como el tráfico, estaríamos mucho más seguros si las máquinas tomaran el control.

El continuo uso de una inteligencia artificial, libre de prejuicios, conlleva una mejora sistemática de su capacidad de predicción.

Pero hay también sombras que conviene disipar. Cuando la inteligencia artificial proporcione una capacidad de diagnóstico más fiable que la de un humano, ¿quién ostentará la propiedad de esa máquina? ¿Cuánto pagaremos? ¿A quién? ¿Existirán niveles de calidad en el diagnóstico, de la misma forma que hoy no todos los medicamentos son asequibles a todo el mundo? ¿Serán capaces los gobiernos de legislar por encima de los intereses económicos de las corporaciones en la aplicación de inteligencia artificial a la salud humana?

El siguiente paso, a largo plazo, será dejar el gobierno de entidades, ciudades y países en manos de inteligencias artificiales, desde el control del tráfico, la distribución de electricidad, el agua.

En breve dejaremos el gobierno de entidades, ciudades y países en manos de inteligencias artificiales. ¿Estamos preparados? Clic para tuitear

Los agentes políticos viven acomodados en una egocéntrica e inercial visión del mundo, heredada de la confrontación entre grandes ideales del pasado.

Y no son capaces de anticipar dos grandes problemas del futuro cercano: la vejez y el trabajo.

¿Cuánto viviremos? La obsoleta guerra obrero/empresario está dando paso a la más temible pugna jóvenes/viejos.

¿Cómo integraremos la inteligencia artificial con el desarrollo económico (humano/máquina)?

El poco trabajo que quede para los humanos deber ser redistribuido de forma más equitativa y racional, porque todas las tareas susceptibles de ser automatizadas, lo serán.

A menos horas de trabajo, más tiempo para el ocio.

Avanzamos hacia una sociedad automatizada y poblada por seres que buscan el placer físico y la distracción intelectual. No es un futuro muy halagüeño a menos que la educación intervenga.

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¿Cómo programaremos una inteligencia artificial si los propios humanos no tenemos respuestas válidas ante muchos dilemas?

El utilitarismo (que ayudaron a definir J. Bentham y John Stuart Mill, entre otros) podría ser una solución. Apoyarnos en el bien común, como el mayor número de personas beneficiadas. Así resolveríamos dilemas como el del robot frente al atracador: Si no dispara, morirán varias personas; si dispara, solo muere el atracador. El utilitarismo dota al robot de un principio que le permite decidir sin titubear en esta situación concreta.

La transparencia a ultranza es la vía más sólida para defendernos de los posibles abusos de la inteligencia artificial (garantizar la trazabilidad).

La fuente más importante de datos somos nosotros mismos, los humanos, que dejamos traza electrónica de nuestros gustos, de nuestras compras, de nuestras conversaciones, de nuestra localización en la tierra. Es mucho más fidedigno monitorizar silenciosamente nuestras acciones que realizar encuestas. Si se nos pregunta por nuestras preferencias, mentimos. No queremos admitir públicamente lo que consumimos, lo que comemos, lo que pensamos Los humanos somos capaces de mentirnos a nosotros mismos con una frivolidad pasmosa. Un buen ejemplo son las encuestas en las elecciones políticas.

Solo el voto final es fidedigno. Solo el tráfico de datos reales es información válida.

No afrontamos el mal uso de portentosas nuevas tecnologías, pero sí sufrimos sus consecuencias.

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La industria del automóvil podría revolucionarse si dotáramos al coche de una entidad legal propia, de acuerdo al siguiente protocolo. Al construir un coche autónomo, le damos carta de identidad legal. Ese coche pasa a existir como ente responsable. Podría, por ejemplo, tener una cuenta corriente asociada en la que pagaríamos una cierta cantidad de dinero cada vez que usásemos sus servicios. El coche se iría enriqueciendo, podría pagar sus propias reparaciones y, si provoca un accidente, se responsabilizaría de la compensación económica legal.

La inteligencia artificial deberá avanzar con cautela. No tenemos prisa por dejar de ser humanos.

Falta menos de lo que parece para que el grueso de la gestión de la sociedad sea automático. Seremos simples testigos de una evolución que pronto dejaremos de comprender.

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El 23 de junio (2019) este blog cumplió 9 añitos. Mil gracias a todos los que os habéis asomado en alguna ocasión a él. 

No tengo palabras para los que me habéis acompañado desde vuestra primera visita

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