El enemigo conoce el sistema, una radiografía del peligroso sistema digital en el que vivimos

 

La periodista Marta Peirano realiza en El enemigo conoce el sistema una radiografía del sistema digital en el que vivimos.

Analiza cómo está configurado, qué papel jugamos en él sus anónimos usuarios y el inmenso poder atesorado por las grandes empresas tecnológicas que controlan el juego, nuestros datos y los beneficios de recopilarlos, empaquetarlos y venderlos a terceros, sin nuestro consentimiento.

La sensación final es profundamente desalentadora. Ni los gobiernos son capaces ya de imponer límites a unas maquinarias artificialmente engordadas para robarnos los datos, traficar con ellos o facilitar una vigilancia ubicua, que ni siquiera sospechamos.

  • Me gustaría detenerme en dos de sus capítulos, los dedicados a la adicción y a la vigilancia.

Hay 4 grandes empresas que se reparten el mercado mundial de los olores y los sabores, de crear experiencias en torno a lo que adquirimos.

Su objetivo no es nuestro estómago, sino nuestro cerebro, como fórmula para llegar a nuestra voluntad y nuestra cartera.

  • El olor de las cápsulas de café, el olor a coche nuevo (encargado por Rolls-Royce cuando vio cómo sus ventas caían tras cambiar su tapicería de cuero y madera por otra con plástico) o el aroma a pan recién hecho que nos embriaga cuando entramos en una panadería no son naturales.

Son meras creaciones artísticas para adornar los productos, hacerlos más apetecibles y lograr aumentar las ventas.

En el caso de las pastelerías, por ejemplo, el difusor que garantiza nuestra ración personal de aroma a café o bizcocho de chocolate logra aumentar las ventas hasta en un 300 %.

  • La música alta y rápida te hace comprar más deprisa y la sutil y suave te hace quedarte más tiempo en la tienda y comprar más cosas. Observa cuál es la de tu tienda favorita la próxima vez que estés probando una prenda.

Todo es un engaño a nuestros sentidos cuyo fin último es llegar a nuestro bolsillo

  • En la industria alimentaria, el azúcar, la grasa y la sal son la Santísima Trinidad. Una buena combinación de ellas activa la dopamina en nuestro cerebro. No podemos dejar de consumirla porque está (muy bien) diseñada para eso.

Un círculo virtuoso del que se aprovecha la comida basura. En EE. UU., por ejemplo, se estima que un tercio de la población sufre al mismo tiempo obesidad y desnutrición.

Y como en las mejores novelas negras, estas mismas empresas nos ofrecen además el final perfecto, fabrican también las alternativas a la comida basura: los productos light. Bajos en grasas, azúcares, colesterol… Hasta en vergüenza.

  • La adicción a los móviles o las redes sociales ya la sospechábamos

Compañías como Facebook (que incluye WhatsApp o Instagram) investigan, clasifican y empaquetan nuestros datos para ofrecérselos a empresas de márquetin político, dictadores o agencias de desinformación, por mencionar a algunos de sus principales clientes.

Somos su producto, como ratoncitos encerrados en una jaula, observados permanentemente por cámaras de las que no somos ni conscientes.

Y nuestros hábitos, la forma en la que percibimos y analizamos la información, se resienten.

Ya hemos superado a los peces de colores en su (dis)capacidad de atención. Su capacidad es de 9 segundos, la de ser humano, solo 8.

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La paciencia ha pasado a la categoría de virtud suprema. Se estima que el 40 % de los usuarios abandona una página web si tarda más de tres segundos en cargarse.

En Netflix competimos por el tiempo de los clientes, así que nuestra competencia incluye Snapchat, YouTube, dormir, etc., Reed Hastings, fundador de Netflix

Para estar (artificialmente) al día necesitas (o eso pretende hacernos creer el sistema): levantarte pronto, acostarte tarde, consumir cafeína, anfetaminas, cocaína, nootrópicos… (drogas que ya no sirven para divertirse sino para trabajar). Aplicaciones que te ayuden a saberlo todo (…), listas para gestionar el día (…), hacer yoga (…), meditar…

Para estar al día necesitamos: levantarnos pronto, acostarnos tarde, consumir cafeína y todo tipo de drogas que ya no sirven para divertirse sino para trabajar. Aplicaciones que te ayuden a saberlo todo, listas para gestionar el día,… Clic para tuitear

El éxito de las fake news, de la desinformación que sufrimos, tampoco es casual. ¿Por qué triunfan? Porque generan emociones, están diseñadas para indignarnos.

La industria aún no sabe manejar las emociones (todo llegará), pero ya conoce cómo producir o magnificar las más efectivas: indignación, miedo, furia, competitividad, envidia.

  • En cuanto a la vigilancia, los datos que ofrece Peirano, y sus conclusiones, son aún más devastadores.

La era de la privacidad se ha acabado, Mark Zuckerberg, creador de Facebook

China estaba llamada a convertirse en 2020 en la primera dictadura digital.

En Pekín, un ciudadano puede cruzar con un semáforo en rojo y ser multado instantáneamente a través de un cargo en su cuenta bancaria. Si comete más infracciones (aparcar mal, criticar al Gobierno en una conversación privada, comprar más alcohol que pañales…), puede perder el empleo o su seguro médico y encontrarse con que ya no puede conseguir otro trabajo ni coger un avión.

A grandes rasgos, es como funcionará el proyecto que el gobierno chino espera haber puesto en marcha cuando finalice este año.

Parece un juego, macabro. Todos los ciudadanos parten con la misma puntuación que irán aumentando o disminuyendo según cómo se porten.

Qué cosas nos quitan puntos: robar, comer en el metro, empezar una pelea, orinar en la calle o dejar de pagar las facturas, pero también hablar mal del Gobierno, entrar en una mezquita, leer libros inapropiados, hacer trampas en los videojuegos o relacionarse con personas de baja puntuación, aunque sean de tu familia.

A medida que pierdes puntos, el mal ciudadano pierde acceso a servicios, trabajo, casa, ascensos, hipotecas o hasta al derecho a ir a un concierto.

Afortunadamente también hay acciones que elevan tu nota: sacar buenas calificaciones en tus estudios, donar sangre, trabajar como voluntario, hacer horas extra o participar en las actividades que organiza el Gobierno.

Y cómo lo hacen, gracias a un sistema con 400 millones de cámaras que controlan a la población, al que se unen los micrófonos, sensores o cámaras de cualquier dispositivo, ya que el gobierno chino puede obligar a cualquier empresa tecnológica a compartir los datos que se les demanden.

Da un poco de miedo, ¿no?


Imagen: Pixabay

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