El lenguaje de los políticos. Las cosas por su nombre

Comentábamos, en una entrada anterior, una serie de cualidades comunicativas al alcance de todos que, sin embargo, parece que los políticos no terminan de asimilar.

No aspiro, ni por asomo, a evaluar con detalle este tipo de usos lingüísticos en el ámbito político, para eso ya están cualificadísimos profesionales y empresas como Luis Arroyo, Ignacio Martín Granados o Mas Consulting, pero sí me gustaría mostrar mi asombro ante la falta absoluta de respeto que se tiene hacia los ciudadanos a los que, en teoría, se deben; su auténtico y primer público objetivo.

Citábamos como cualidades básicas para una comunicación fluida y efectiva: la empatía, la capacidad de escucha, la transparencia, la claridad y la sencillez.

Cualquier persona mínimamente observadora se habrá dado cuenta de que en este punto los políticos van por libre. No llegaré yo a tanto como Javier Marías [que afirmaba recientemente en su tribuna de El País: «Que el mundo está regido por dementes e incompetentes -con alguna excepción- lo comprobamos a diario al leer el periódico o ver las noticias»] pero sí me gustaría llamar la atención sobre algunos detalles que no sólo dejan en entredicho a los principales líderes políticos españoles sino que, como máximos representantes de la sociedad española, también nos retratan.

¿Por qué cuesta tanto mostrarse cercano, accesible, natural…?

¿Es tan grave equivocarse? Entonces, reconocer el error en un político debe ser el apocalipsis.

El fin, también en el lenguaje, justifica los medios. ¿Puede un presidente de gobierno evitar deliberadamente una palabra (crisis) como si de un tabú se tratara cuando luego no hemos dejado de escucharla durante meses… y lo que nos queda?

¿Puede presentarse una portavoz (en este caso, lamentablemente, no percibo diferencias de sexo ni de ideología) de la oposición como adalid de la clase obrera cuando representa a un partido de la derecha tradicional?

Luego se sorprenden de la enorme distancia y apatía que su actividad provoca y que -en los últimos meses- se han visto elevadas a la categoría de problema nacional, de acuerdo con las encuestas del CIS.

Es, en definitiva, tan difícil ser y mostrarse como una persona normal, independientemente de la actividad a la que te dediques, y no plagar tu discurso de perífrasis, circunloquios o juegos de palabras con el objetivo último de que una misma frase sirva para un fin y, si las cosas se ponen mal, también para el contrario.

En política parece que la norma es la anormalidad. Como afirma la hermana de una amiga: «¿Qué pocos somos los normales».

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