El hombre en busca de sentido, la vida como lección

F. Nietzsche: El que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo.
La franqueza y naturalidad con la que Viktor Frankl narra su vida (¿?) en varios campos de concentración (en los que sufrió todo tipo de penalidades imaginables y otras que quizá el lector descubra por primera vez), la pérdida de toda su familia y cómo en varias ocasiones estuvo a tirar la toalla otorgan aún más valor a la principal lección que cabe extraer del libro:
Al hombre le pueden arrebatar todo salvo una cosa: un reducto de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en aquellos crueles estados de tensión psíquica y de indigencia física (…). Incluso en esas circunstancias es capaz de conservar la dignidad de seguir sintiendo como un ser humano”.
Una obra -traducida a más de 20 idiomas y declarada por la Library of Congress de Washington como uno de los 10 libros de mayor influencia en América- cuya lectura recomiendo encarecidamente.
He aquí algunos pasajes y conceptos que me han parecido interesantes compartir:
La selección de los guardianes. El proceso de selección de los kapos (presos comunes que gozaban de la confianza de los alemanes y que colaboraban en las tareas represivas a cambio de ciertos privilegios) se alimentaba, fruto de un proceso de autoselección, de los que lograban sobrevivir: aquellos que habían perdido todos los escrúpulos y eran capaces, con tal de salvarse, de emplear cualquier método: fuerza bruta, robo o traición a los compañeros.
La psicología de los prisioneros, tres fases.
  • La inmediatamente posterior al internamiento, caracterizada –entre otros procesos-por un shock agudo e intenso, al que sigue la “ilusión del indulto” (como el que viven los condenados a muerte justo antes de su ejecución sin ningún apoyo en hechos objetivos).
  • Una apatía generalizada que desemboca en una especia de muerte emocional. La tortura interior se intensifica con otras sensaciones todavía más dolorosas como la añoranza por el hogar y por la familia. Después se sentía una fuerte repugnancia por la horrible fealdad que nos rodeaba junto a una vaga sensación de que a uno ya nunca le importará nada.
  • La psicología de la liberación. Una vez se produce, todo parece irreal, como un sueño. “Nos costaba creer que fuera verdad”.
“El cuerpo funciona con menos inhibiciones que la mente: desde el primer momento empezamos a comer con voracidad, durante horas y días enteros, incluso a mitad de la noche. Es asombrosa la cantidad de comida que se puede ingerir”.
La mente es otra cosa. “De la misma manera que un buzo –sometido a una intensa presión atmosférica- correría serio peligro si se sacara la escafandra de repente, de la misma forma el hombre liberado repentinamente puede sufrir un daño en su salud psíquica”.
La existencia desnuda. Cuando llegas al campo, te despojan no solo de la ropa sino que te afeitan todo el cuerpo y desnudo te enfrentas a la ducha. Los únicos vínculos materiales con una vida anterior fueron en el caso de Frankl las gafas y el cinturón (este último lo cambió posteriormente por un pedazo de pan).
Las mentiras de los libros de medicina. Siempre se había afirmado la imperiosa necesidad de un número determinado de horas de sueño para sobrevivir. ¡Falso! Otros ejemplos: “nuestras encías se encontraban más saludables que antes, a pesar de la fuerte carencia vitamínica y de no poder cepillarnos los dientes”. “Los prisioneros de sueño ligero, que en su vida anterior se despertaban ante el menor ruido, dormían ahora profundamente apretujados a otros compañeros aunque les roncaran en pleno oído”.
Ya definía Dovstoyevski al hombre como el ser que se acostumbra a todo.
Apatía e indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Alcanzado cierto grado de adaptación al campo de concentración, los sentimientos se embotan. Un ejemplo: “un prisionero que hacía cola ante la enfermería con la ilusión de conseguir dos días de trabajos ligeros a causa de sus heridas, edemas o fiebre contemplaba impertérrito cómo arrastraban a un muchacho de 12 años al que habían obligado a permanecer en posición de firme varias horas y a trabajar a la intemperie, bajo la nieve, con los pies desnudos porque no quedaban zapatos en el almacén. Se le habían congelado los dedos y el médico procedió a arrancarle los negros muñones gangrenados con unas tenazas, uno a uno”.
“Repugnancia, piedad, indignación y horror eran emociones vedadas en la psicología del prisionero”.
¿Despertar de una pesadilla? No en un campo de concentración. “Jamás olvidaré aquella noche en la que me desperté con los fuertes gemidos de un amigo que se agitaba bajo el efecto de una terrible pesadilla. Decidí despertarle, pero en el último instante me detuve. Comprendí con rapidez, de forma descarnada, que ningún sueño, por horrible que fuese, podría ser peor que nuestra realidad, a la que estuve a punto de cometer la crueldad de devolverlo”.
Un cálculo de gran precisión sobre cuándo moriría el próximo compañero, incluso uno mismo. “Cuando desaparecían por completo las últimas capas de grasa subcutánea, y presentábamos la apariencia de esqueletos disfrazados con pellejos y andrajos, comenzábamos a observar cómo nuestros cuerpos se devoraban a sí mismos. El organismo digería sus propias proteínas y los músculos se consumían. Uno tras otro, morían los miembros de nuestra pequeña comunidad del barracón. Éramos capaces de calcular, con estremecedora precisión, quién sería el próximo e, incluso, cuándo nos tocaría a nosotros”.
A mayor vida interior, mayor resistencia, independientemente de la constitución física. “Las personas de mayor sensibilidad, acostumbradas a una rica vivencia intelectual, sufrieron muchísimo (su constitución era endeble o enfermiza), sin embargo, el daño infligido a su ser íntimo fue mucho menor, al ser capaces de abstraerse del terrible entorno y sumergirse en un mundo de riqueza interior y de libertad de espíritu. Solo así se explica la aparente paradoja de que, a menudo, los menos fornidos parecían soportar mejor la vida en el campo”.
Bondad y vileza, ni blanco ni negro. “La bondad humana se encuentra en todos los grupos, incluso en aquellos que, en términos generales, merecen ser condenados. Las fronteras se difuminan y sobreponen en muchas ocasiones, y no debemos simplificar. Si un capataz, a pesar de las perniciosas influencias del campo, se mostraba amable con los reclusos, eso suponía un gran logro moral, mientras resultaba despreciable la vileza del preso que maltrataba a sus propios compañeros”. “Hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: los decentes y los indecentes”.
Después de todo lo visto y vivido, los escasos afortunados que regresamos, gracias a una cadena inexplicable de fortuitas casualidades o auténticos milagros, estábamos férreamente convencidos de que los mejores de entre nosotros no llegaron a casa.

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